EL VERDADERO AGRADECIMIENTO

05.05.2013 12:32

 

En la fiesta de Simón, en la cual Jesús defendió a María, el Señor contó la historia de dos deudores, a quienes se les había perdonado sus deudas.

En respuesta a la pregunta de Jesús de cuál de los dos amaría más al que le perdonó la deuda; Simón le respondió: Pienso que aquel a quien le perdonó más, Lucas 7:43.

En otras palabras, y en vía de ilustración, el que agradece más es el que ha pasado por situaciones difíciles o que esté pasando por enormes dificultades en que la ayuda de alguien es la que hace la diferencia, y lo anterior lo digo por experiencia. O sino amado lector ¿no es un hecho que el que ha perdido sus piernas, añora la época en que podía andar? El que más está agradecido de poder leer, es el que acaba de ser operado de catarata en los ojos. Los que brincarán y gritarán más alto y fuerte en el cielo, serán los que aquí fueron cojos y mudos, y que por Cristo fueron perdonados.

Tenemos la inclinación de considerar comunes y corrientes las bendiciones que Dios nos da, mientras disfrutamos de ellas. Así aceptamos sin darle importancia a nuestra salud, nuestra voz, nuestros ojos y oídos. Sólo cuando consideramos que lo anterior no durara para siempre, es que los apreciaremos más. ¿Será que por causa de nuestra naturaleza pecaminosa no caemos en cuenta de la maravilla que hay, aún en un vaso de agua? ¿Si apreciamos la bondad de Dios no solo en el sol, la luna, el aire, el agua, etc. Sino en el amor incondicional que nos dan, fuera de nuestra familia de sangre? Algunas personas que el señor puso en nuestro camino? ¿Nuestro corazón expresará gratitud?

En contraste con María, Mateo26:6-13, los discípulos no apreciaban al Redentor, como solo Él lo merecía, llegaron a verlo como una persona común y corriente. Caminaban, hablaban, y comían con Él, y se sentían libres de criticar y condenar. Sólo después de su muerte y resurrección, tuvieron una verdadera idea de las muchas cosas que hubieran podido hacer y decir para expresar a Jesús su amor y gratitud.

Cuando ya no estaba con ellos y sintieron el vacío de su ausencia, empezaron a ver como hubieran podido brindarle atenciones que hubieran dado alegría a su corazón.

Esta María….”con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, lo derramó sobre la cabeza de Él, estando Jesús sentado a la mesa….” Yo creo que cuando Él penetró en la agonía de la muerte, llevó consigo el recuerdo de aquel acto de amor, anticipo del amor que le tributarían para siempre aquellos que Él redimió.

¿Cómo es que esta mujer logró aprender esta lección de entrega y adoración antes que algunos de sus discípulos la aprendieran?

Ella a pesar de ser una judía, y creer en el Dios de sus mayores, había caído en pecado. Conocía el vacío, el dolor y la tristeza que produce el ausentarse de la presencia y realidad del amor de Dios. Luego había encontrado ese amor y no podía contener su agradecimiento y aprecio por aquel que dejó su Gloria para redimir al pecador.

Es común ceder a la debilidad humana de desear algo y después de haberlo conseguido, no estar agradecido.

Pienso ¿Cuántos niños que tienen muchos juguetes que antes deseaban y ahora que los tienen los dejan olvidados y no los vuelven a utilizar? Muchos son los jóvenes que se interesan en una señorita y que sueñan con casarse con ella; cuando realizan su sueño y dicen: “si” ante el altar matrimonial. Después poco a poco el tan anhelado sueño se convierte en algo monótono, de todos los días y ya no se valora lo que antes se anheló.

¿Cuánto tiempo hace que le ha dado gracias y ha expresado aprecio y amor a la persona que ahora es la encarnación de los sueños de ayer? ¿Cuánto tiempo hace que ha considerado el valor real de lo que tiene y la forma como lo afectaría su pérdida si ella llegara a faltar? ¿Cuánto hace que se ha puesto a pensar en lo que vale Cristo para usted? A veces no nos damos cuenta del valor de la salud hasta que la perdemos; no percibimos el valor de la vida, hasta que el médico nos dice: “Su cáncer es incurable, no hay esperanza de vida”. Muchos no apreciamos a los seres queridos o a los buenos amigos, hasta que los perdemos.

Qué extraña es nuestra condición humana, que valora más lo que se ha perdido, que lo que se tiene.

Pero quizás este sea uno de los factores que nos ayudaran a apreciar más a Cristo y al cielo algún día. Tal vez la experiencia de haber vivido en un mundo con su pecado, dolor y lágrimas, será un seguro contra la repetición de la rebelión de Lucifer y el peligro de no apreciar el amor y la redención que el Señor vino a efectuar a nuestro favor.

Puede ser que uno de los métodos que Dios emplea para asegurar de que el pecado no vuelva a surgir nunca más es permitir que el gran conflicto continúe hasta que ya no podamos aguantar más problemas, enfermedades y dolor en este mundo y estemos maduros para comprender que Él y solo Él es nuestro único refugio, esperanza y consuelo.

Cuando venga Jesús descubriremos-como el niño que tenía papas, pero carecía de sal- que comentó con tristeza:” la falta de sal, arruinó mis papas”-que Él es irreemplazable.

Cuando estemos con Jesús, nos daremos cuenta de que la muerte es lo que nos hará felices cuando ya no exista; que la tristeza es lo que nos alegrará, cuando desaparezca; y que las lágrimas nos regocijarán, al secarse para siempre. “Oí entonces que una potente voz gritaba desde el trono…..La casa de Dios está ahora entre los hombres, y Él será su Dios. Él les enjugará las lágrimas, y no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque estos pertenecen al pasado…Yo hago nuevas todas las cosas.” Apocalipsis21:3-4 Versión LBD

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