NO NOS AVERGONZAMOS DEL EVANGELIO

30.03.2012 23:06

Romanos 1:16-17

Hace algún tiempo fui con un hermano a tomar un alimento a uno de esos restaurantes donde el servicio es rápido, higiénico y barato; mucha gente entra a comer a ese lugar. Cuando nos llevaron los alimentos a la mesa, había a nuestro alrededor muchas personas; el hermano inclinó su cabeza y dio gracias al Señor. Para mí, fue una linda enseñanza, ya que yo, si oraba en público, no inclinaba la cabeza ni tampoco cerraba los ojos. ¿Por qué?, sinceramente temía la burla de las personas.

Pablo, el apóstol, nos dice: "no me avergüenzo". ¡Y qué ejemplo nos dejó! Él podía decir: "…de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a TODOS LOS DEMÁS." (Filipenses 1:13). Porque nunca, sin importar el sitio, las circunstancias y las personas, dejó de dar testimonio del Señor, quien lo llamó para ser testigo de Su Gracia. Nosotros también fuimos llamados con el propósito de ser testigos de Él: "pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra." (Hechos 1:8).

Hay numerosas razones por las cuales como creyentes nunca deberíamos avergonzarnos de Cristo y de su Palabra de Vida. Aún más, dar testimonio del evangelio es un privilegio tan grande, que podemos levantar la frente y decir con dignidad y sin ningún complejo que somos testigos de Cristo y portadores de un mensaje eterno, glorioso, santo, de amor, de perdón y de vida, mensaje que Cristo mismo nos encomendó entregar a nuestra generación. ¿Por qué nos vamos a avergonzar del evangelio, si es el único mensaje liberador que puede traer salvación, paz y gozo al corazón del hombre? Veamos:

1) CRISTO ES EL PORTADOR, EL CENTRO Y LA PERSONA de tan sublime mensaje, sólo Él es quien puede hacer de la ramera una digna mujer, del alcohólico un abstemio y del ladrón un hombre honesto.

No es el manto del Salvador el que puede sanar nuestras dolencias, sino Él. No es la Cruz de Cristo la que llevó nuestros pecados, sino Él. No debemos confiar en el bautismo como un "sacramento", sino en Él. Él es el único que tiene la respuesta, de acuerdo a Su voluntad, a nuestras enfermedades, temores y tristezas. Sólo en Él hay verdadera libertad, sabiduría y santidad: "…porque separados de mí nada podéis hacer." (Juan 15:5b.)

2) EL PODER DEL EVANGELIO: Yo conozco y tú conoces, hermano, a muchas personas que habían descendido a negruras insondables de maldad, vidas depravadas de las cuales nadie tenía esperanzas de recuperación, casos ante los cuales los más optimistas tenían profundas reservas, mas un día conocieron "el evangelio que es potencia de Dios" y sus vidas fueron completamente cambiadas. ¡Sí! "las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas".

3) SU PRIORIDAD: Es el mensaje, no un mensaje y debe tener el primer lugar en nuestras vidas; si queremos ir al cielo también, porque la muerte lo limita al tiempo de la persona que lo oye. Si se recibe sus promesas de salvación nos seguirán hasta la eternidad, si se rechaza, por él mismo seremos condenados el día final.

4) SU PRECIO: Inimaginable, no es un evangelio barato que consiste en buenas obras, bautismos y ser miembros de una denominación o secta cristiana. El corazón del evangelio es Cristo. Un escritor cristiano apunta: "Él pagó un precio que no tiene precio por lo elevado del costo, que ninguna matemática puede cuantificar, ningún razonamiento comprender, ni teología explicar; hubo una copa amarga que beber, una horrible cruz que levantar y una horrorosa muerte que sufrir."

Y Cristo, el Eterno Verbo de Dios, Su Amado Hijo, "el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…" (Hebreos 1:3), fue levantado en el madero del Calvario, dando allí su preciosa vida, la del Unigénito del Padre, para pagar con su muerte y en su muerte, nuestra redención y hacernos justos por Su justicia y santos por Su santidad, rompiendo la pared de separación que nos alejaba de Dios.

¿Quién puede encerrar en palabras humanas, su dolor sufrimiento y agonía? Solo las expresiones que recogieron los escritos inspirados nos dan una idea: "…Padre, si quieres, pasa de mí esta copa…" (Lucas 22:42ª), "Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra." (Lucas 22:44), "…hubo tinieblas sobre toda la tierra…", "…Y el sol se oscureció…" (Lucas 23:44-45.)

¿Qué dolor sintió el Hijo Divino cuando la ira del Padre fue sobre él, en el momento en que llevó y cargó nuestros pecados? Imposible definir el drama del Calvario y la inmensidad del precio que Dios el Padre pagó, dio a Su Hijo y las profundidades del sufrimiento de Cristo no se pueden expresar en palabras. Sí, el evangelio fue costoso para Dios, para nosotros es dádiva de Él; por esto y por mucho más no debemos avergonzarnos del evangelio, "…que puede salvar a todo aquel que en él cree…"

"Maravillosa Gracia vino Jesús a dar,

Más alta que los cielos

Más grande que la mar

Más grande que mis culpas cargadas

En la Cruz

Maravillosa Gracia de Jesús."

Así mismo plasmó el himnólogo la gracia de Dios en Cristo; Sí, maravilloso Dios, maravilloso Cristo, maravilloso evangelio.

"Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…" (Romanos 1:16)

No nos avergoncemos del evangelio que es potencia de Dios para salvación a todo aquel que cree en Cristo. Proclamémosle en el campo y en la ciudad, de día y de noche, a los ricos y a los pobres, a niños y ancianos, al profesional y al campesino. Cumplamos la gran comisión y un día tendremos el gozo de escuchar de nuestro amado Señor: "Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor." (Mateo 25:23.)

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