“NO TENGO PLATA…PERO LO QUE TENGO TE DOY…” HECHOS 3:6

30.03.2012 23:59

Dice la Escritura que Pedro y Juan iban al templo a orar, Hechos 3:1, cuando un hombre lisiado de nacimiento les pidió ayuda. Ya sabemos la respuesta apostólica: “No tenemos dinero para darte…”Hechos 3:6 LBD.

Veamos algunos hechos de esta breve historia:

1.      El que pedía ayuda era un hombre con parálisis en los miembros inferiores; no se podía movilizar.

2.      Era un hombre que vivía en un mundo de extrema pobreza. Creo que una situación lo había encadenado –la parálisis- a la otra: la indigencia. Es el círculo vicioso en diferentes situaciones, que aflige a millones de seres humanos aquí, allá y en todas partes!.

3.      Se situaba a pedir en un sitio estratégico “junto a la puerta del Templo…Hechos 3:2. Sabía que era el lugar de adoración, oración, enseñanza y sacrificio del pueblo hebreo. Tenía conciencia que las personas que buscan el rostro del Señor en la asamblea están más dispuestas a servir. ¿Acaso no es lo mismo en el siglo XXI? Personas con diferentes necesidades esperan de Ud. y de mí ayuda. Para mí siempre habrá oportunidades de ser instrumento de bendición a aquellos que sufren. No nos cansemos pues de hacer el bien; porque si lo hacemos sin desmayar, cosecharemos ricas bendiciones”. Gálatas 6:9 LBD

Estoy seguro que si el Espíritu Santo nos amonesta a no cansarnos en servir es porque Él sabe lo débiles que somos en esta área. Servimos al principio con entusiasmo, pero con el paso del tiempo desmayamos. Cuando dejamos de servir nos momificamos espiritualmente, perdemos visión y el egoísmo desplaza nuestro primer amor.

De esta historia que el Espíritu hizo registrar en el texto inspirado, se pueden sacar profundas y prácticas enseñanzas, pero el Señor me ha guiado a que reflexionemos especialmente en las seis palabras pronunciadas por el Apóstol:

PERO LO QUE TENGO TE DOY…” Entre líneas podemos percibir la actitud de todo un caballero, como debe ser la de todo nacido de nuevo. Para mayor comprensión del lector me tomo la libertad de glosar las palabras Apostólicas: “No tengo para darte lo que tu me pides, lo hiciera en Nombre de Cristo si tuviera, pero te doy algo de mucho mas valor.” Ya sabemos el resto de la historia: recibió sanidad y con la sanidad el privilegio de entrar por sus propios medios al templo, “…saltando –de gozo- y alabando a Dios.” Hechos 3:8. ¡Que amor, respeto, consideración y delicadeza en el trato que tuvo el Apóstol con el hombre que solicitó su ayuda! 1. No lo criticó, ni le solicitó información sobre si no tenía familia para que lo ayudaran. 2. No lo remitió a una institución de beneficencia para salirse del “problema” 3. Tampoco le dio un sermón del amor de Dios. Le dio amor de Dios con lo que tenía. “…lo que tengo te doy.”

Lo que tengo te doy es un llamado a nuestra conciencia. El Señor trae a mi corazón la historia de la viuda: “Jesús se sentó frente al lugar donde se depositaban las ofrendas, y estuvo observando como la gente echaba sus monedas en las alcancías del templo. Muchos ricos echaban grandes cantidades pero una viuda pobre “…echó dos moneditas de muy poco valor.” Cristo sentó cátedra divina sobre el verdadero espíritu de dar. “Les aseguro que esta viuda pobre ha echado…más que todos los demás. Estos dieron lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.” Marcos 12:41-44 NVI. No es la cantidad, es la motivación de amor sacrificial.

Esas dos moneditas de cobre en las manos de Cristo adquirieron un inmenso e incontable valor eterno. Creo que las moneditas de poco valor, se transformaron en refulgentes monedas de oro. Las matemáticas y valores divinos difieren de los nuestros. “Les aseguro que esta… ha echado…más que todos los demás.”

¿Qué tenemos de parte de Dios para compartir con los que nos suplican ayuda? Quizás muy poco, pero Dios con su bendición lo puede centuplicar. Mateo 15:34-38.

En la década del 50 fui a visitar a un matrimonio cristiano-desconocido-, recluido en un pueblo, de cuenta del gobierno, donde solo vivían leprosos. Estos queridos hermanos padecían esta enfermedad. Me recibieron con gozo y sorpresa, pues nadie los visitaba. Había en ese tiempo, miedo a entrar en contacto con personas leprosas. Fui con el propósito de animarlos y llevarles una ofrenda que mi iglesia les mandaba. Cuando me iba a marchar vi que en sus ojos había lágrimas, impulsivamente quisieron abrazarme pero se contuvieron por temor a que yo los rechazara pues ya sus rostros estaban marcados por la enfermedad. Sentí que el Señor me decía en el corazón: “dales de mi parte un regalo de amor.” Sentí como si una fuerza me impulsaba suavemente hacia ellos e instintivamente avancé y los abracé. Sentí en lo más profundo de mí ser el amor de mi Señor hacia esta querida pareja. Fue una experiencia muy enriquecedora y hermosa. Allí tenía ante mi presencia a una preciosa pareja por la cual Cristo murió. Estaban como presos en unos cuerpos deformados por la enfermedad. Tenia conciencia que ellos eran dos hijos de Dios que el amaba. No se me olvidaran sus palabras: “Dios te bendiga, nos haz dado algo tan grande que no tiene precio.”

Demás está decir que ellos me dieron más a mí. Por un instante vi el rostro y la presencia de Cristo en ellos. Yo no tenía dinero para darles, solo mi presencia y compasión. Cuando salí de allí llegó a mi mente la palabra de Cristo “…y quien dé un vaso de agua…a uno de estos pequeños…no perderá su recompensa.” Mateo 10:42

¡Hay tantas necesidades en la vida de las personas con las cuales nos relacionamos! Aún en nuestros hermanos. Quizás en el pasado cerramos puertas de servicio y ellos temen acercarse a nosotros. ¡Hay tantos paralíticos espirituales y emocionales, hay tantas carencias de afecto, comprensión, aceptación, confianza y respeto! Nuestro amor llenará algunos vacíos.

Las palabras del Apóstol están vigentes para todos aquellos que fuimos redimidos por la sangre de Cristo: “Lo que tengo te doy Todos tenemos en alguna área de nuestra vida algo para dar. Negarnos a hacerlo es negar a Aquel que nos “…amó hasta el fin.”Juan 13:1. “Así que comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo  hace” Santiago 4:17 NVI

El paralítico del libro de los Hechos capitulo 3 recibió lo que siempre soñó – pero que nunca creyó que sería una realidad en su vida: - verdadera sanidad. Inicialmente el esperaba ayuda financiera, porque estaba sumergido en un aterrador mundo de miseria, al cual vivió encadenado por su invalidez desde que vino a este mundo. Hechos 3:2. Ese mundo terminó cuando Pedro le dijo: lo que tengo te doy”. Yo veo en esta historia dos verdades que se complementan:

  • Dios guió a Pedro a bendecir a este hombre dándole lo que el apóstol había recibido de Él, “A cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu, para el bien de los demás”. 1 Corintios 12:7.
  • Pedro ejerció con sabiduría y compasión lo que en esa área y tiempo había recibido, dio voluntariamente, en el momento preciso, al hombre adecuado, en una necesidad extrema.

A cada uno se le da… palabra de sabiduría… a otros… dones para sanar enfermos; a otros poderes milagrosos;…” 1 Corintios 12:7-10 Lo que tengo te doy me habla de fidelidad en la mayordomía.

Es claro, que porque Pedro fue fiel en dar lo que se le había dado, nuestro hombre en lo físico fue sacado del mundo de miseria en que vivía, ya podía trabajar, y, en el área espiritual, en este hijo de Israel se obró un milagro: “…de un salto se puso en pie y comenzó a caminar. Luego entro con ellos en el templo… saltando y alabando a Dios”, versos 8 y 9.

Tuvo conciencia de que la bendición recibida le había llegado de parte del Dios de sus mayores, por medio de un hombre que estaba dispuesto a dar lo que Dios le había dado “…lo que tengo te doy…”

 Creo que dio las gracias a Pedro, pero solo la alabanza y gloria a Dios; la fuente de toda bendición.

En nuestro medio hay personas paralizadas por el miedo, la amargura, la tristeza, la indiferencia, la suma pobreza y la ignorancia espiritual. Estoy seguro que usted y yo tenemos riquezas en Cristo para compartir, Gálatas 5:22, siento tristeza, cuando alguien – que sé que necesita- me pide ayuda y como Pedro tengo que decirle “no tengo plata para darte” pero sé que soy rico en Cristo y que para mí, - como para ti – se escribió: “aparentemente tristes, pero siempre alegres; pobres en apariencia, pero enriqueciendo a muchos como si no tuviéramos nada, pero poseyéndolo todo” 2 Corintios 6:10.

Estas seis palabras “lo que tengo te doy deben merecer nuestra atención y cuidado porque lo que hagamos con ellas contará en el tribunal de Cristo. El apóstol dio lo que tenía por amor, “… en el nombre de Jesús de Nazaret” texto 6. 1 Corintios 3:11-15. NVI.

“…Lo que tengo te doy…” tiene peso eterno para nuestro gozo o tristeza. Asegurémonos que nuestros motivos al dar, sean puros, porque nuestro anhelo, debe ser que Él reciba toda la admiración, honra y gloria; no nosotros.

Así nuestro “vaso de agua” Mateo 10:42, nuestras “dos monedas de cobre” Marcos 12:41-43 y nuestros pocos “panes y peces” se multiplicaran en el Reino eterno, Mateo 15: 34-38.

Querido lector: ¿Que tenemos para dar?. Yo no tengo mucho dinero para compartir con las personas que me piden ayuda en esta área. Por lo anterior Dios habla a mi corazón diciéndome en la paráfrasis la Biblia al día: “Somos pobres pero impartimos ricos dones espirituales a los demás. No tenemos nada, y sin embargo tenemos lo que es de más valor” 2 Corintios 6:10.

Escribiendo estas reflexiones llego a mi mente una virtud que tú y yo podemos y debemos dar, aun más: Dios espera que lo que hagamos: esa virtud es el perdón por amor a Cristo a los que nos han ofendido.

Asegúrate de hacerlo sin importar la ofensa que te hayan inferido, mira en tu interior si hay en tu “equipaje” de extranjero y peregrino espíritu perdonador 1Pedro 2:11-12.

Hace algunos años tuve una diferencia con unos jóvenes que salieron del país y se radicaron en una lejana nación. Sentía un peso en mi corazón, pues hubo de mi parte palabras duras para estos queridos hermanos, sentí, por la Palabra y el Espíritu, que debía pedirles perdón. Aproveche el correo electrónico para hacerlo y no recibí respuesta. Dos años después les envié una carta – con una hermana que  viajó a esa nación y que se entrevisto con esa pareja, la respuesta fue un pesado silencio a mi suplica de perdón. Sentí tristeza por ellos. Se perdieron una bendición de parte de Dios, yo pude descansar en el perdón del Señor y ¿ellos? Lo dudo, porque escrito está: “… si perdonas a otros sus ofensas, también los perdonara a ustedes su Padre celestial… si no perdonan… tampoco su Padre les perdonará… las suyas” Mateo 6:14-15 NVI. No es suficiente perdonar, hay que manifestarlo.Querido hermano/a: pídele a Dios gracia para perdonar.

Conocí un caso – triste por cierto – de una joven creyente; su rostro era hermoso pero siempre reflejaba dureza, ira y a veces cinismo. Se casó, pero por su carácter amargo destruyó su hogar. Un día se sinceró y confesó que odiaba a su padre y a su madre. A él porqué la había violado cuando era una niña y a la madre porque nunca la defendió ante los  constantes abusos de ese perverso padre. El padre era un hombre ya anciano sentía cerca la muerte y la llamaba para pedirle perdón. Nuestra hermana se había alejado de sus padres cuando se casó y no quiso volverlos a ver. Es comprensible desde el punto de vista humano. Le aconsejamos que fuera a mostrarles la gracia del Señor, perdonando a sus progenitores. No tenía como hija de Dios otro camino. Ella debía dar perdón.

Debemos perdonar porque Dios nos lo pide y ordena. “y cuando estéis orando, perdona, si tenéis algo contra alguno…” Marcos 11:25 ¿Cómo debe ser el perdón? “…como Dios os perdono a vosotros en Cristo” Efesios 4:32. Lo anterior  fue escrito para que nuestra vida sea bendecida y Cristo glorificado. El perdón genuino debe ser amplio, generoso y sacrificial.

Quizá usted como  Pedro no tiene medios para servir a alguien que le implora ayuda, pero como hijo(a) de Dios si puede decir “…lo que tengo te doy…” y como hijo de Dios en su mundo interior debe haber espíritu de perdón. El perdón que Dios nos dio en Cristo es un perdón incondicional y eterno, si sigues guardando una raíz  de amargura, te suplico que leas de rodillas a 1 Juan 3:14-15, y te preguntes: ¿nací de nuevo? ¿Soy un homicida ante los ojos de Dios? ¡Padre ayúdanos a perdonar y a pedir perdón, danos esa gracia!

En la parte anterior decía: “es posible que como Pedro tengamos, en algunos casos, que decir”, No tengo plata… pero lo que tengo te doy…” No hay ningún hijo de Dios que no tengamos algo para dar. Como personas transformadas por el Espíritu Santo debe existir en cada uno de nosotros un nuevo corazón, Ezequiel 36:26 y después –en cada nuevo corazón- Él ha puesto el fruto del Espíritu. Fruto que fluye del Espíritu Santo que mora en cada hijo de Dios. Gálatas 4:6,  5:22,23. Esos frutos son virtudes que enriquecen la vida interior y se manifiesta a través de un carácter nuevo y es en esta etapa espiritual que el Señor nos da dones. Los dones son habilidades o capacidades especiales para ser de bendición a la iglesia y a las personas que nos rodean. Su propósito es edificar  a otros y manifestar la Gloria de Dios.

A la luz de lo anterior y nuestra disponibilidad de servicio ¿Qué podemos dar? Porque es imposible dar lo que no tenemos. Recuerde: todo hijo de Dios siempre, en alguna área, tendremos algo para compartir. Ningún creyente es pobre. “Pobres en apariencia, pero enriqueciendo a muchos, como si no tuviéramos nada, pero poseyéndolo todo.” 2Corintios 6:10.

Decía en mi anterior meditación que Dios espera que demos perdón, y creo que si un creyente tiene corazón sensible para dar perdón, también lo tendrá para pedirlo. Dios quiere –y por eso nos lo reveló en Su Palabra- que nos veamos a nosotros mismos como personas total y definitivamente perdonadas. Él nos ve como hijos con la cuenta cancelada. Isaías 43:25. Colosenses 1:13,14.

¿Pero por qué hay creyentes que no quieren perdonar? No lo comprendo. Creo que uno de los motivos es porque en lo más profundo de nuestro ser, no estamos seguros de haber sido perdonados. Cuando esto ocurre nuestra pobre comprensión del amor de Dios para con nosotros nos afecta en nuestra capacidad de amar a otros, especialmente a aquellos que nos han ofendido, y lo anterior nos sumerge en la amargura. Esta condición interrumpe nuestro proceso de crecimiento y nos incapacita para vivir conforme al corazón de Dios, y así como el paralítico de nuestra historia tenía que ser cargado, Hechos 3:2, estos creyentes no pueden volar a dimensiones superiores de bendición y se excluyen de la profunda paz que hay en un corazón perdonador. Nuestra visión del perdón divino es determinante en nuestra capacidad de tener compasión.

Muchas iglesias y hogares cristianos están enfermos de amargura porque no han querido perdonar. Hebreos 12:15. Es en estos casos que como Pedro debemos con compasión decir: “…lo que tengo te doy…” ¡Como cambiarían muchas iglesias y hogares si hubiera genuino perdón!

Muchas vidas están paralizadas por el resentimiento de ofensas inferidas en el pasado. El resentimiento “arrastra” al corazón al odio y el odio a la venganza. Es casi increíble que muchos hogares no son remansos de paz, armonía y amor, sino verdaderos campos de batalla; iglesias donde hay luchas de poderes y todo porque en algunas vidas pasadas el dolor, humillación y abusos no han sido perdonados.

Pedro dio compasión por medio de un don, el paralítico no había hecho méritos para ganar tan grande bendición. El perdón es una manifestación de un corazón compasivo que está consciente de que su gran deuda con Dios ya fue saldada por Cristo en la cruz. Isaías 53:5,6. El perdón de Dios no solo salva al perdido del Juicio Eterno, sino enriquece nuestra vida para perdonar. Que el Señor nos de visión, comprensión y compasión para dar perdón, al hacerlo estamos trayendo a Cristo a muchos corazones y desatando cadenas de maldad en muchas vidas.

“…sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó en Cristo.” Efesios 4:33.

Decía en mi anterior reflexión: “Dios espera que cada hijo suyo refleje el carácter de Cristo por medio de un corazón perdonador.” Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” Efesios 4:32.NVI.

¿Que otro fruto podemos dar en la iglesia, trabajo y hogar? Viene a mi mente una virtud esencial que tiene en si semillas de paz. Esta virtud es la paciencia. Como hombre casado, en este nivel, tengo de vez en cuando problemas, ¿Quién no los tiene? Por mi edad y temperamento, mi reacción ante las dificultades de la vida es pausada, pensando que la ansiedad y precipitación en buscar soluciones sin esperar el si de Dios nos lleva al negro túnel de la desesperanza. Por lo anterior cuando recibo presión, como cabeza de mi hogar, para solucionar rápido una dificultad le digo a mi esposa en el silencio de mi corazón:   “…lo que tengo te doy…” “espera la intervención del que todo lo puede que yo por mi parte me estoy moviendo en la dirección correcta.” Y como sé que el amor es paciente, él me ayuda a tratar a mi esposa como Dios desea que lo haga. “…ustedes sean comprensivos en su vida conyugal, tratando cada uno a su esposa con respeto, ya que la mujer es más delicada…” 1Pedro 3:7 NVI. Si no somos pacientes en nuestro hogar, tampoco lo seremos en ninguna otra parte y no esperemos nueva dirección de Dios en el asunto, El ya nos ha dado una: tengan paciencia…miren como espera el agricultor…y con paciencia aguarda las temporadas de lluvia.” Santiago 5:7 NVI

Él es paciente conmigo y su amor me ayuda a comprender que mi esposa merece respeto y que si Dios me dice que es un ser más frágil o delicada-emocionalmente- debo tratarla con delicadeza y lo anterior no es posible si usted o yo somos impacientes.

¿Qué más podemos dar? Algo que el mundo necesita: bondad. No hablo de la bondad natural producto del ejemplo y enseñanza religiosa que la mayoría recibimos en nuestros hogares, hablo de la bondad que como creyentes renacidos recibimos como fruto del Espíritu Santo. Gálatas 5:22. Este fruto en este contexto sobrenatural, es esa capacidad de ser apacible, de servir aún a aquellos que nos odian y de no ser implacables en los juicios. Yo no he sido tan bondadoso, porque mi niñez y juventud fue dura y lo anterior deja sus secuelas, secuelas que el poder del Señor va sacando de nuestro corazón. Si, no he sido tan bondadoso, pero él si es bondadoso conmigo. Antes creía que la bondad de Dios estaba condicionada a mi rectitud, pero cuando me examinaba sentía y veía que no calificaba ante las demandas divinas, y eso me atormentaba. Hoy sé que Él es incompresiblemente bondadoso conmigo, a pesar de mi imperfección y eso me impulsa a compartir la bondad de Él con otros, especialmente con los que sufren y puedo en muchas situaciones decir con Pedro: “…lo que tengo te doy…”

Querido hermano(a): Lo más probable es que nunca salgamos en ningún medio de comunicación , ni que recibamos, como otros, una mención de honor, pero no por eso disminuye la importancia de la huella que podamos dejar en otras vidas. Pedro dejó una huella imborrable de bondad en un hombre que sufría.”…lo que tengo te doy…” hizo la diferencia entre una vida sin esperanza, a otra vida en que este hombre, …más tarde entró en el templo…caminando, saltando y alabando a Dios” Hechos 3:8.

Muchas personas están esperando que aparezca un Pedro en sus vidas. Personas que necesitan de compasión, -no pesar- Ellos no esperan escuchar hermosos y brillantes sermones –los cuales están bien en situaciones diferentes- ellos, los que sufren, esperan ver a Cristo reflejado en caracteres transformados lo cual conduce a la acción, “…lo que tengo te doy…”

Con demasiada frecuencia no valoramos el poder que hay en una sonrisa, en una palabra amable, en un oído atento a escuchar, en un sincero elogio, en una llamada telefónica en un momento de crisis o alegría o en la oración por aquellos que lloran la partida de un ser querido. Romanos 12:15. Como creyentes deberíamos sentir un peso en el corazón al pensar en las constantes oportunidades que tenemos de manifestar el amor que él nos ha dado para compartirlos con otros y que en muchas ocasiones lo guardamos egoístamente solo para nosotros. El quiere que lo compartamos a través del perdón, la paciencia y la bondad. El mundo espera de los redimidos, testimonios de amor.

“…lo que tengo te doy…” no se refiere en este contexto a cosas materiales, aunque en otros contextos si; cada caso es diferente. Creo que el Señor habla a nuestros corazones para que comprendamos que el corazón del Evangelio es Verbo.

¿Qué tenemos para dar? Muchas cosas en el campo de los dones y del fruto del Espíritu Santo, entre ellas, perdón para aquellos que no quieren perdonar, paciencia para los que carecen de ella y bondad para todos, especialmente para los que sufren y para aquellos que no la conocen. Cuando nos negamos a servir, no somos libres, porque estamos  atados a un corazón mezquino que por alguna razón, se mueve alrededor de su propio yo e intereses. La genuina libertad en el servicio solo germina en determinado clima espiritual en el cual los fuegos del egoísmo son frías cenizas en la vida del creyente consagrado al Cristo viviente y solo allí es que se experimenta el bendito gozo de dar por puro amor a El.

Cuando se aprende que es posible vivir en un estado de amorosa comprensión para con todos aquellos que buscan y aman al Señor a pesar de que no compartamos con ellos la misma visión en ciertos enfoques doctrinales; -no hablo de herejías- entonces y solo entonces, el perdón, la paciencia y la bondad llegarán a ser una forma de vida sin sombras de agravios. Esta libertad en el servicio es un estado del alma donde nunca se agotará el amor, y “…lo que tengo te doy…” se convertirá en un sagrado ministerio porque se fundamentará en ser siervos de todos, porque el primero y último grado de la virtud es darse, como Cristo, al servicio de todos, aún de aquellos que no nos aman. Mateo 20:28.

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas” 1Pedro 4:10 NVI

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